
![]() Algo para pensar 36
Cuando ella dejó que su gran amor por él se le fuera por entre los dedos, decidió finalmente abandonarle pensando que encontraría en otros brazos la verdadera felicidad en el amor. Desde entonces supo en su fuero interno que alguna vez debía pedirle disculpa por ese abandono necesario para ella, pero inmerecido para él, que tuvo que dejar el hogar que ambos habían construido. Más que la partida misma, fue la crueldad con la que ella llevó adelante la separación y que pudo evitarse si hubiese actuado con prudencia y honestidad.
Pero ella tenía urgencia, ya que había esperado la mitad de su matrimonio para cumplir esta primera etapa camino a la dicha, y el momento se precipitó con la llegada de otros labios. Esta circunstancia le ponía en una situación difícil: si ella tomaba la decisión, desde luego, estaba obligada a dejar el hogar y los hijos. Pero ella quería jugar a ganadora con todas las alternativas a su favor. Eso se podía lograr con cargo a la tristeza de él y de sus hijos. No había otra alternativa sino lograr la salida del desdichado dejándolo todo, casa e hijos. Para que pudiera resistir esta puñalada sin desangrarse, él debía salir de su hogar convencido de que las desavenencias podrían superarse con ese sacrificio, aparentemente temporal. Y lo hizo, cual animal va al matadero, confiado en su buena voluntad, la cual se convirtió en su peor aliado, porque le impidió sospechar el drama que estaba delante de sus ojos cerrados por las lágrimas: nunca retornaría a su amado terruño, a ese hogar al que había contribuido a construir y que ella deshacía con su decisión sin retorno.
Sin duda, la salida de él era la primera etapa, porque el tiempo transcurrido no hizo sino corroborar que su partida era una fase de un plan secreto que se deshizo poco tiempo después del triunfo, como siempre, en medio de las pasiones desatadas y las promesas incumplidas. La severidad con la cual ella acostumbraba a juzgar las conductas de los demás, esta vez hizo un paréntesis y no alcanzó para sí y ni su corazón alborotado. Con su conciencia moral debilitada por el espejismo que el tercero, muy hábilmente, tejió frente a sus narices, ella no tuvo en cuenta la dignidad de él. Los rigores que ella tuvo antes para el derrotado, ahora no existían para sí. Su triunfo tenía un costo: la amargura de él. Esta verdad hiriente había de seguirle el resto de sus días, porque nunca encontró la manera de decírselo y postergó para siempre esta carga corrosiva.
El fracaso rotundo que significó el plan así urdido, desencadenó en ella una extraña enfermedad que le ahogó su sonrisa y entristeció su mirada. Su cara se hundió. Ni siquiera las desdichas y los continuos fracasos que desde entonces le acompañaron, ni la actitud comprensiva y humana que él, pasado el tiempo, tuvo para ella, pudieron darle la ocasión de restablecer la armonía moral con su propia conciencia, con ese yo escondido que se presenta en muchos momentos de la vida, recordándonos la miseria que hemos acumulado en nuestro interior. Ocultándose de ella misma, postergó la disculpa gritándole al tiempo para que se encargara de esta tarea. Él, en cambio, sin mediar disculpa, decidió limpiarse el alma perdonando en su fuero interno, pero manteniendo el “te perdono” a flor de labios, sin poder pronunciarlo jamás.
A ella le ayudó la aparente mejoría que surgió con la convivencia civilizada que ambos fueron construyendo, aunque separados: silencio ella, comprensión él. Como esos enfermos que no quieren saber que lo están, ella dejó en última prioridad el restablecimiento de la paz interior que da la disculpa inmediata después de haberla solicitado. Con la buena voluntad de él, ella tuvo la sensación de que el tiempo había actuado a su favor y podía ahora, sin disculpa, subirse al coche sin pedir que la llevaran.
Y así se pasó el resto de sus días, escondiéndose de sí misma, confortable al fin en la nueva vida que se inauguraba con la nobleza que él, sin mediar palabra, decidió tener para ella, porque esa conducta se avenía mejor con su alma limpia.
Mi estimado lector, aunque los roles puedan cambiarse, bien lo sabe Ud, esta historia está en muchas parejas separadas. El perdón es una palabra que nos recuerda la bondad con la cual fuimos creados. Con ella probamos toda nuestra grandeza, y sin ella mostramos casi todo lo miserable que podemos llegar a ser. Sin ella, casi volvemos a la selva.
Ud está pensando.
¡Créame!, somos dos.
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![]() Luis Rojas Donat Medievalista, profesor del Departamento de Ciencias Sociales, Facultad de Educación y Humanidades, Universidad del Bío-Bío |