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Desde Neruda no existe poeta incierto en Chile que no haya deshojado sus primeros versos en la senda de los Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada.
Desde
Neruda no existe poeta incierto
en Chile que no haya deshojado sus primeros versos en la senda de los Veinte Poemas de
Amor y una Canción Desesperada, porque si
existe un libro de poemas
que ha tenido impacto en una generación ávida de cambios, de ismos, de controversias, de esperanzas, como
lo fue la
mía, ese libro fue este
poemario que nos removió no solo el corazón sino también la carne,
traspasándola de un anhelo de eternidad que consistía en la
comunión de los cuerpos a
través de las imágenes, de
la voluptuosidad creada y sugerida
por las palabras del poeta. Pero,
del mismo modo en que
Neruda pudo expresar el
corazón joven del mundo entero, también cabe la España traspasada por el duelo sin fin
de la violencia: España en el
corazón, la pérdida del sueño adolescente, la crueldad
innecesaria, el umbral del horror, que como un
destino inexorable cruza el
devenir de los pueblos de nuestra América morena. En efecto, estos son los ejes sobre los
cuales se construye la poética nerudiana y que nosotros, como sus
lectores también reconstruimos, tocados en nuestras fibras
más sensibles, en nuestra propia
poética diaria: “porque con sangre y sombra se
escribe, se debe escribir la poesía” y se
la lee de la
misma forma, con la misma pasión y el mismo recogimiento. Un poeta vivo, que ya no es un
“pequeño dios”, sino otro
hombre que se considera a sí mismo un artesano, uno más entre los otros laborantes, inserto en el mundo y en
sus conflictos, en la maravilla
lujuriosa del sur chileno, en la
protohistoria americana, en la
intensidad de una conciencia
que puede ser llamada
al mismo tiempo, por el misterio de la creación, del amor y
de la muerte. Para
mí, la poesía de Pablo Neruda constituye una experiencia, una
profesión que nos habita, que nos
cubre de los pies a la cabeza, sin dejar ni lo más mínimo
fuera de esa órbita a la que
nos convoca la magia de
la palabra y que nos lleva a través de una experiencia genésica por nuestros orígenes, por nuestras necesidades humanas, por nuestros sueños y nuestros amores. Poeta de la dicha y la desdicha en “Farewell”
o “Poema Veinte”, de
la hondura metafísica en ese mundo profundo y hermético de Residencia en la tierra, de la
magnificencia y el lujo de las Odas Elementales, pero que sin embargo nunca ha sido lejano para
nuestro pueblo y su canto. Un pueblo que se siente
invitado, protagonista y coro en el sentido más clásico que pueda dársele a esta
palabra: “Sube a nacer conmigo hermano.// Dame la mano desde la profunda// zona
de tu dolor diseminado.// (...) Acudid a
mis venas y a mi boca.// Hablad por mis palabras y mi
sangre.” Es en Canto general donde se materializa lo
que yo llamaría la polifonía coral
de lo americano, la consagración del Nuevo Mundo por una voz que atraviesa las edades geológicas del
continente, interrogando a los oprimidos y opresores desde tiempos inmemoriales,
hasta instalarse en la vivencia individual del poeta que sufre el destierro y el
exilio. Hace
poco tiempo, estando en la cordillera, me conmovió la belleza humilde de una
flor silvestre: “Alstromoeria” -
dijo alguien y me quedó resonando el recuerdo de esa misma flor aprisionada
en su hermosura, en el instante
preciso en que exhala su aroma
y se convierte en la
fragancia misma conjurada por
los “plenos poderes” de la poesía. Tal vez
esa sea la única aspiración del poeta, convertirse en el señor de las palabras,
trabajándolas para alcanzar la resonancia única con los otros, para obtener el
fulgor que lo ilumina todo, para asomarse a la eternidad. Queda,
todavía, la otra vertiente de
Neruda: el amor madurado de
los Cien Sonetos de Amor, donde
asombrados ojos descubren el cuerpo erotizado de la mujer que, alejado de
los modelos tradicionales, se transforma en la amada – amante por excelencia. Territorio del placer y
de la comunión, la mujer se
constituye en la mediadora de la trascendencia individual. Después vendrá
ese formidable trabajo de
reconstrucción, de anagnórisis: el
viaje de la memoria, la historia de
un crecimiento espiritual que tiene su centro en Isla Negra, lugar
real-mítico-poético, punto de partida y encuentro de las materias primordiales,
o como lo dice el mismo Neruda, “elementales” en su sentido fundamental. Las tejedoras, el mar en su
inclemencia y los paisajes del alma turbulentos, morosos, iluminados por las tempestades componen el
autorretrato del poeta y el hombre, para quien la poesía no puede cantar en
vano, si ella tiene como finalidad colocar al hombre en el umbral de “las espléndidas ciudades”.
Por último, mi aproximación a Pablo Neruda sólo intenta mostrar la magnificencia de un labrador de la palabra, de un hombre elegido por los dioses para darnos el fulgor de la estrella, la voz del obrero y su esperanza. |
![]() Berta López Morales |