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En la actual sociedad, influenciada por la globalización y las presiones competitivas, se han perdido tantas cualidades, que han afectado a la calidad humana, que suena bien eso de apostar por la calidad educativa, sobre todo en aquello de fomentar la cultura del esfuerzo y el fomento del trabajo como derecho y deber. ¿De dónde sacar esa energía educadora, que nos haga crecer, sobre todo hacia los demás y hacia adentro? El cambio por el cambio no es efectivo. Se necesita que a través de los materiales de formación, de las disciplinas curriculares como puede ser la historia del arte o las mismas ciencias matemáticas, el docente, que ha de ser vocacional y no funcionario, conduzca al educando hacia el valor que en ellos palpita: la verdad, la utilidad , la moralidad. No hay otra forma de llevar al alumno a los valores, si no es por medio de un sistema globalizado que nazca de nuestro interés, como puede ser la propia vida. Un plan puede ser perfecto pero si no se adapta al entorno y se humaniza, es un fracaso. Obtendremos profesionales “endiosados” en el saber, pero ignorantes en humanidad, por esa pérdida de formación humana. Más que una educación de calidad se necesita una educación de cualidades, extensiva a todos los sectores y rincones, sobre todo a aquellos ámbitos con mayores dificultades y motivación por aprender.
La calidad humana se fomenta, pues desde una educación integral, cuestión que se ha olvidado en los últimos años. Ahondar en lo que somos, en la visión de lo humano, lleva consigo un potencial humanizador que acrecienta otros saberes, como puede ser en entregarse, hasta agrandar el ser. Si hubiese un clima de humanismo habría más comprensión. Apostar por lo humano es apostar por el hombre. Sobre la base de una educación que pretenda armonizar persona y entorno, con apertura y responsabilidad, fomentará una atmósfera más unida y más pacífica. En consecuencia, para mejorar la calidad humana habrá que mejorar la calidad de los poderes educadores, que van desde el paisaje natural hasta las tradiciones y la estructura misma de la sociedad con todas las convenciones e instituciones que la integran. Pero no es sólo el amor al joven lo que define al educando, sino también su tendencia o su inclinación hacia los valores que debe inculcar o despertar en los demás. En suma faltan maestros y sobran “enseñantes”, lo fundamental es pararse y enseñar el programa de la vida: “el de vivir humanamente, que es la meta a la que hay que llegar”.
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![]() Guiselda Alid Lagos Asistente Social Magíster en Educación Universidad del Bío-Bío galid@ubiobio.cl |